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Mujeres multiorgásmicas

Mujeres multiorgásmicas: del mito al síndrome real

Tener un orgasmo es difícil para muchas. Tener cien al día, en cambio, suena a fantasía improbable. Pero existe. Y para quien lo vive, es lo contrario de un regalo: es agotamiento, dolor y vergüenza.

Antes de seguir, conviene aclarar algo. Cuando hablamos de mujer multiorgásmica, normalmente nos referimos a la capacidad placentera de encadenar varios orgasmos en una misma relación. Eso es deseable y, con técnica y confianza, alcanzable. Pero existe un fenómeno muy distinto que se confunde con eso: el síndrome de excitación genital persistente.

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El síndrome PSAS: cuando el placer deja de serlo

El trastorno de excitación genital persistente, conocido como PSAS o TEGP, es una condición rara y poco estudiada. Cualquier estímulo cotidiano (un viaje en tren, fregar los platos, levantarse de la cama) puede desencadenar la respuesta orgásmica. Sin deseo, sin pareja, sin contexto erótico de por medio.

El caso más documentado es el de Kim Ramsey, británica de 44 años. Su síndrome arrancó tras una caída por unas escaleras en 2001, que pudo provocarle un quiste de Tarlov en la columna, justo en la zona donde se origina la respuesta orgásmica femenina. Desde 2008 vive con orgasmos constantes, llegando a sumar más de 200 en 36 horas seguidas.

Lo que ella misma resume mejor que nadie: muchas mujeres se preguntan cómo tener un orgasmo, y ella se pregunta cómo pararlos.

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Por qué no es una bendición

Suena tentador desde fuera. Desde dentro es otra cosa.

Dolor físico: la respuesta orgásmica implica contracciones musculares intensas. Repetidas cien veces, dejan el suelo pélvico machacado.

Agotamiento: cada orgasmo descarga el sistema nervioso. Multiplica eso por jornadas enteras.

Imposibilidad de vida sexual normal: paradoja brutal. La sobreestimulación constante anula el deseo y vuelve cualquier relación afectiva una pesadilla.

Aislamiento social: imagina mantener una conversación de trabajo mientras tu cuerpo te traiciona. Imagina un viaje de cuarenta minutos en metro mordiéndote los labios para que nadie note nada.

El PSAS no se basa en la libido. Es un cortocircuito neurológico, ajeno al deseo. Quien lo sufre no está más excitada que el resto: está atrapada en una respuesta involuntaria de la que no puede salir.

El silencio del diagnóstico

Una de las razones por las que apenas hay cifras fiables es la vergüenza. Muchas pacientes nunca van al médico. Las que van, encuentran a profesionales que minimizan el problema o lo confunden con hipersexualidad. Hasta que se les explica que es un trastorno físico tratable (al menos parcialmente, con bloqueos nerviosos y fisioterapia del suelo pélvico), siguen sufriéndolo en privado, convencidas de que les pasa algo raro a ellas y solo a ellas.

La multiorgasmia sana: la versión que sí mola

Volvamos a la otra acepción, la que la mayoría busca cuando teclea "mujer multiorgásmica" en Google. Aquí sí hay buenas noticias.

La capacidad de encadenar orgasmos no es un don raro. Es una mezcla de fisiología (las mujeres no tienen periodo refractario claro como los hombres), confianza y técnica. Lo que ayuda:

Tiempo y calma. La presión por "llegar" es el peor enemigo del segundo orgasmo.

Variar la zona estimulada. Tras un primer clímax, el clítoris puede quedar hipersensible. Cambiar a estimulación vaginal, anal o de zonas erógenas externas permite seguir.

Comunicación. La pareja que pregunta y escucha hace que el segundo, tercer y cuarto orgasmo sean cuestión de práctica.

Suelo pélvico fuerte. Los Kegel no son solo para el postparto. Mejoran la intensidad y la capacidad de repetir.

Lo que el caso Ramsey nos enseña

Que el orgasmo no es un trofeo ni una métrica. Es una respuesta del cuerpo que, fuera de contexto, se vuelve angustia. Y que normalizar el placer femenino significa también normalizar sus disfunciones, las raras incluidas, para que ninguna mujer tenga que sufrirlas en silencio mordiéndose los labios en el metro.

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