Como comerse un coño
Cómo comer un coño bien: la guía sin tabúes
Si hay un terreno donde la mayoría de los hombres todavía tiene mucho margen de mejora, es este. Y no lo decimos nosotros: lo dicen ellas, en cuanto se sueltan a hablar entre amigas con una copa de más.
Cuando una mujer encuentra a un tío que sabe comerla bien, no lo deja ir. Es un diamante. Y como todo diamante, se talla con paciencia, técnica y atención al detalle. Aquí va lo que de verdad funciona, sin remilgos y sin ridículas metáforas de chef.

El terreno previo: confianza antes que lengua
Tú quieres que te la chupen ya, rápido y sin preámbulos. Lo entendemos. Pero ella, en general, no funciona así.
Las mujeres son más reservadas a la hora de abrir las piernas, incluso cuando ya están en la cama y desnudas. Tienen complejos (sí, también las que están espectaculares), tienen pudor, tienen un radar para detectar si lo vas a hacer bien o si vas a aplicar dos lametones desganados y subir corriendo a por el polvo.
Antes de bajar, gánate el sitio. Mírala. Dile lo que te gusta de ella, lo que te pone, lo que llevas pensando desde que la viste. No empalagues: seduce. Cuando ella nota que vas en serio, se abre. Literalmente.
Ya estás abajo: por dónde empezar
No te tires en plancha al clítoris como si fueras un perro al hueso. Eso es justo lo que ella temía.
Para. Mira. No hay dos coños iguales. El suyo es único, así que dedícale dos segundos de admiración antes de moverte. Ese pequeño ritual ya pone.
Empieza por los alrededores. La cara interna del muslo es oro puro. Besos, lengüetazos suaves, mordisquitos. Sigue subiendo. Roza los labios sin apretar, dibuja figuritas con la punta de la lengua. La idea no es darle lo que quiere de golpe: la idea es hacer que lo pida.
Sabrás que vas bien cuando empiece a moverse buscando tu boca. Ese momento en el que ella ya no aguanta más y empuja la cadera hacia ti es el indicador clave. A partir de ahí, ya tienes permiso.
El clítoris: ni rasca ni martillo neumático
Separa los labios con suavidad. Si el clítoris está escondido, lámelo bajito hasta que asome. Cuando aparece, es tuyo, pero con cabeza.
Empieza suave. Observa su cara. Si le gusta, sube intensidad. Si jadea, sube otro pelín. Si se contrae, baja. No estás peleando con ella, estás bailando. Ese es el cambio de chip.
Combina técnicas:
• Lengua plana y ancha, suave, lamiendo de abajo a arriba.
• Punta de la lengua haciendo círculos lentos.
• Succionar el clítoris con los labios cerrados, sin dientes.
• Penetrarla con la lengua un rato (eso también las pone como motos).
• Si metes los dedos, mueve despacio y curva hacia arriba.
Y habla. Ellas son mucho más auditivas que nosotros. Susúrrale, dile lo que te gusta lo que estás haciendo, dile lo bien que sabe. La voz vibra y eso, ahí abajo, se nota.
El orgasmo: el momento de no fallar

Cuando empieza a temblar, cuando se arquea, cuando aprieta los muslos contra tu cabeza: ese clítoris no se suelta. Por nada. No cambies de ritmo, no te pongas creativo, no le des un descanso. Sigue exactamente con lo que la ha llevado ahí.
Es el error más común: justo en la línea de meta, el tío se viene arriba, mete los dedos, hace un movimiento nuevo, y le revienta el clímax. No lo hagas. Mantén lo que funciona hasta que ella se separe.
Los dos súper consejos del Doctor Orgasmus
Uno: sin prisas. Los buenos guisos se hacen a fuego lento. Veinte minutos te parecen una eternidad mientras estás ahí abajo, pero a ella le saben a gloria. Cinco minutos no son un cunnilingus, son una visita de cortesía.
Dos: el después también cuenta. Tú puedes correrte, darte la vuelta y dormirte sin remordimiento. Ella no funciona así. Después del polvo, ella necesita mimo, una palabra bonita, un abrazo, una caricia. No te pongas el calzoncillo en cinco segundos como si hubieras terminado un trámite. Quédate. Esa parte es la que hace que vuelva.
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