Relato erótico en un vagón
Relato erótico: encuentro en un vagón
Hay encuentros que duran un viaje. A veces ni siquiera eso: una parada, dos. Lo justo para que dos cuerpos decidan que no van a quedarse con las ganas. Este es uno de esos relatos. Lectura para adultos, para leer en cama, sin prisas y con quien tengas a mano.

Encuentro en un vagón
Él se acerca despacio. Se sienta a su lado sin pedir permiso, porque sabe que no hace falta. Olfatea su cuello, perfume caro y discreto, y ella nota cómo se le eriza la piel sin que él la haya tocado todavía.
Le abre la chaqueta con calma. Debajo aparece una blusa negra de seda pegada al cuerpo, dibujando lo que va a venir. Los botones ceden uno a uno bajo dedos que no tiemblan. El sujetador de encaje le queda pequeño: los pechos asoman, los pezones se adivinan a través de la tela. Él los acaricia primero con la yema de los dedos, sin entrar todavía dentro de la blusa, como si la estuviera leyendo en braille.
Bajo el pantalón, el bulto crece sin pudor. A ella se le escapa una sonrisa.
El primer beso
Él busca su boca por el cuello. Le besa la oreja con el aliento caliente, baja por la mandíbula, le lame la curva del cuello. Ella siente escalofríos en sitios donde no debería. Cuando la lengua de él busca la de ella, ella ya está esperando: la entrega de inmediato.
Las lenguas se rozan, se persiguen, juegan como pequeñas espadas que no quieren herir, solo medir el deseo. Los labios se cierran, se abren, se vuelven a cerrar. Ella nota cómo se le aflojan las piernas, primero un poco, después del todo.
Él le acaricia los pezones por encima del encaje, después por debajo. Baja la cabeza. Empieza a lamerlos con paciencia, con la lengua plana primero y la punta después. Ella se retuerce. La mano de ella, mientras, encuentra el camino: liguero, piel, seda. Cuando le pone la mano sobre el sexo, ella se estremece. La seda mojada delata todo.
El primer aviso
Él no necesita más. Mete la mano debajo, encuentra el clítoris, lo acaricia con la cadencia exacta. Ella todavía no se atreve a tocarlo a él, pero lo desea con cada centímetro del cuerpo.
Él lo nota. Le coge la mano y se la pone donde tiene que estar. La polla, dura, tersa, esperándola. Ella la abraza con dedos curiosos. Casi puede verla sin mirarla: brillante, firme, como una fruta lista para morder.
Él se levanta. Ella, sentada, lo tiene a la altura de la boca. Le desabrocha la bragueta sin dejar de mirarle a los ojos. La polla sale liberada y ella la acoge con calma, primero un beso, después la lengua alrededor del glande, suave, arriba y abajo. La mano acaricia los testículos con cariño. Él gime bajo, cierra los ojos, se sostiene con una mano en el respaldo.
De repente él la para. "Para. Para. Te voy a preparar como te mereces. Te voy a lamer hasta que estés como una perra y no quieras otra cosa que tenerla dentro."
El cambio de turno
Ella obedece. Él se arrodilla. Le sube la falda, le aparta el tanga, le come el sexo como pocas veces le habrán comido nada. La lengua de él se mueve como si supiera de memoria el mapa. Ella ve estrellitas. Le falta el aire. "Ah, ah, sí, sí…" Y se viene, fuerte, agarrando con las dos manos el respaldo.
Apenas tiene tiempo de respirar cuando ella le susurra al oído. "Voy a cabalgarte despacio. Quiero sentirla bien. Quiero disfrutarla."
Y lo hace. Se sienta encima de él, le baja despacio, lo recibe entero. "Estamos los dos mojadísimos. Me encanta que me folles. Me encanta que me chupes los pechos. Me muero de placer. Chupa mis pezones, amor. Sé que tu lechecita ya está lista para mí…"
Él la coge de las caderas. "Ven, que ahora te doy lo tuyo."
El final
La sienta bien y se pone de rodillas. Empieza a entrar despacio, muy despacio, midiendo cada centímetro. Y luego acelera. La empuja contra el asiento una y otra vez, con más ansia, las manos firmes en sus caderas. "Sí, sí, sí, ah, ah, ah…" Hasta que él no aguanta más.
Sale a tiempo. Eyacula sobre los pechos de ella, calientes, brillantes. Se quedan los dos tumbados, exhaustos, sudorosos, con el corazón a mil.
Los cristales del compartimento se han empañado del todo. Fuera, el paisaje sigue pasando como si no hubiera ocurrido nada.
*By Sandra Ross*
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